¿Qué pasa cuando la basura no se gestiona correctamente?

 

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Hay muchos lugares en el mundo donde no se recicla ni el 5% de la basura que se genera. Uno de ellos es Brasil. Es un país de los llamados emergentes, pero en la gestión de residuos le queda mucho por hacer. Este artículo publicado en El Mundo muestra las consecuencias de una mala o inexistente gestión de los residuos. 

El reciclaje de las vidas descartadas, por Yasmina Jiménez 

Marconi Rufino, de 46 años, camina empujando un carrito de supermercado lleno de cartones, bolsas de plástico y latas vacías. Lleva chanclas y los pies como si hubiera recorrido toda la ciudad de São Paulo descalzo. Durante una hora, no sonríe ni una sola vez. En algunos momentos, mientras las palabras desenroscan sus secretos, se le humedecen los ojos verdes; él desvía la mirada como si así ocultara sus tormentos y se agarra con más fuerza al carro que sólo ha soltado con una mano a ratos para limpiarse el sudor que le recorre la cara. Hace mucho calor, pero acaba de empezar a buscar entre la basura materiales reciclables y si para ahora, hoy no come. Rufino vive en la calle y es, como otros muchos, el último eslabón en la cadena de reciclaje de la ciudad con la economía más fuerte de América Latina: São Paulo.

«Cometí un error y nadie, ni mi familia ni mis amigos, tienen que pagar por ello», admite cuando habla de la inversión que realizó hace un año de todos sus ahorros en un nuevo negocio que fracasó y le dejó sin nada. Nunca pidió ayuda a nadie y asumió las consecuencias de un mal calculo que le sumió en una depresión profunda, de la que, asegura, está saliendo ahora. «Decidí empezar de nuevo y reciclo, lo que me da dinero a diario para sobrevivir». Algunas noches va a un albergue donde puede ducharse y dormir resguardado de la lluvia, si es que llueve, y de los peligros de estas avenidas inmensas.

El reciclaje se ha convertido en la única salida para estas personas en una situación de total exclusión social. Cerca de 14.500 brasileños viven en las calles paulistanas, según el censo de población de 2011, número que aumentó en casi 6.000 personas desde 2008. Existen organizaciones -como el Centro Gaspar Garcia de Derechos Humanos, contraparte de Manos Unidas en Brasil- trabajando por mejorar la situación de estas personas y de otros millares que viven en edificios abandonados o en viviendas en pésimas condiciones de habitabilidad. Sólo en el centro de São Paulo más de 600.000 brasileños viven en infraviviendas alquiladas. «La mayoría son personas que sobreviven de la economía informal, sin formación, que han perdido la documentación y los vínculos familiares y que, en muchos casos, si no acaban en la calle, pagan alquileres desproporcionados sin las mínimas condiciones de habitabilidad», explican desde la ONG.

Para Renê Ivo Gonçalves, coordinador del Centro Gaspar Garcia, los moradores de la calle viven una realidad especialmente indignante: «Son el último escalón de la degradación humana». Cuando uno subsiste a la intemperie deja de existir; desaparece ante los ojos del mundo y, como consecuencia, ante los propios. La calle roba incluso la identidad. «En 20 años que llevo trabajando aquí, es muy raro conocer a alguno que use su nombre verdadero, se llaman por el apodo. Entonces, cuando tú les llamas por su nombre se enorgullecen porque recuerdan que son alguien», afirma Renê Ivo.

La ONG lucha contra esa mirada impasible o despectiva del resto de la sociedad hacia los indigentes: «Mirar a la persona que está en la calle como drogada, mendiga, perezosa o un peligro -sin entender quién es o porque ella está ahí- es un prejuicio». Porque, como explica la organización, quedarte sin nada es un compendio de muchos factores sociales y personales. A veces todo falla: «Sin vinculos familiares, sin educación, sin trabajo y sin un tratamiento de salud de calidad cualquiera podría estar en la calle».

Recuperarlos y devolverlos a la sociedad es uno de los objetivos del Centro Gaspar Garcia, aunque no es tan sencillo, ni el éxito tan considerable como desearía. Sin embargo, encontraron en la organización y el negocio del reciclaje una oportunidad. La capital más industrializada del país y con más población -el área metropolintana de São Paulo tiene 20 millones de habitantes- sólo recicla un 4,8% de la basura que produce. Los recicladores como Marconi Rufino, que se mueven con un carro buscando residuos, pueden sacar dos reales (unos 60 céntimos) por un kilo de material. La idea era sacar una mayor rentabilidad para ellos uniéndose en cooperativas y vendiendo más cantidad directamente a la fábrica, que paga tres reales (casi un euro) el kilo.

La ONG gestiona, con ayuda económica del Gobierno, dos cooperativas que emplean a personas que vivían en la calle. Al que desea una vida nueva, «se le busca un lugar donde vivir (un albergue o casas de acogida), le ayudamos a recuperar su documentación, a dejar las adicciones si las tienen», asevera Renê Ivo. «Reciben asistencia social, tratamiento psicológico, salud, tratamiento dental o lo que necesiten». Son los primeros pasos para recuperar la identidad y con ella, la autoestima y la esperanza. «Cosas que para nosotros no tienen importancia para ellos la tienen. Un día, un hombre se me acercó llorando para enseñarme que tenía una llave. Me dijo: Renê, tengo mi maleta guardada, 20 años después he podido guardar mi maleta», recuerda el coordiandor del Centro Gaspar Garcia emocionado porque son estas anécdotas lo que le animan y le ayudan a seguir con esta labor.

La FIFA y sus restricciones

Hasta las cooperativas de Gaspar Garcia llegan en camiones la basura reciclable de varios centros de los supermercados Pão de Açúcar. Los trabajadores -ya alejados de las calles y con una nueva vida- separan y prensan los materiales que luego venden a las empresas recicladoras. Carla Ericson, de 27 años, trabaja en el turno de ocho de la mañana a tres de la tarde en la cooperativa Reviravolta. Llegó de Recife buscando un lugar que la aceptara, en el que no fuese tratada como un bicho raro por ser transexual. São Paulo era el primer destino de sus sueños, «el siguiente es ir a España».

Cuando llegó a la ciudad todo parecía ir sobre ruedas, pero hace un año hubo un incendio en el edificio en el que vivía y acabó en un albergue. Sólo hace cuatro meses que trabaja en la empresa y ya siente cómo han empezado a cambiar las cosas para ella, que posa entusiasmada después de acicalarse el pelo y el uniforme de trabajo en el baño. El espacio cuenta con un cocina comunitaria y, pese a trabajarse con desperdicios, todo está tan limpio y bien cuidado como la misma Carla.

Aunque a veces lograr la reinserción no es suficiente. La FIFA no quiso que entraran en el Fan Fest -el festival organizado junto a Coca-Cola para ver los partidos del Mundial en el centro de la ciudad- para recoger las latas vacías de bebidas porque una de las condiciones del Centro Gaspar Garcia era incluir a discapacitados. «Hablamos sólo de un 20%, porque la calle a veces deja secuelas y algunas personas tienen discapacidades, pero ellos no aceptaron y nosotros nos retiramos de las negociaciones». Sin embargo, Coca-Cola, patrocinador oficial del Mundial, se atribuye lo que será, según la propia marca, uno de los legados más importantes que dejará el evento deportivo: la mejoría del reciclaje.

Adriano Dos Santos, un bahiano que lleva ocho años sobreviviendo en las esquinas de esta urbe, permanece cerca de la entrada del festival de la FIFA cuando aún no ha comenzado el que será el primer partido del torneo. Tiene una bolsa a sus pies que comienza a llenarse de latas y sin moverse va pidiendo a las personas que quieren acceder al recinto que tiren ahí sus cervezas vacías. «No me dejan entrar dentro y tengo que juntar 65 latas para que me paguen dos reales», se lamenta. Quiere volver a su tierra esa misma noche y espera obtener el dinero necesario para el billete en las puertas del paraíso futbolero.

Dentro del Fan Fest, un ejército de voluntarios «normales» recogen los recipientes de centenares de extranjeros y brasileños para dejar el lugar limpio para el siguiente partido. Asegura Renê Ivo, que su organización entiende que São Paulo «es una ciudad para unos pocos, que no tiene los mismos derechos para todos, es una ciudad que excluye a muchas personas», lo que no impide que todos, absolutamente «todos, puedan soñar».

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